para disfrutar mejor este cuento:
Sin
luz.
Se
despertó porque la cabeza le explotaba. Desde adentro del cráneo parecía que le
golpeaban con un martillo y, por momentos, sentía que en vez de un martillo era
un cuchillo enorme el que le perforaba los sesos. Quiso prender la tele para
ver qué hora era pero no encendía.
Apretó con fuerza los botones tratando de exprimir lo último que
regalaban las pilas pero era inútil, no había luz.
Se
paró a los tumbos, puteando su falta de equilibrio. Quería saber al menos la
hora y no tenía un puto reloj en ese dos por dos en donde caía a dormir a
veces. Estaba todo oscuro, pero afuera podía ser de día y las ventanas cerradas
no permitían que entre el sol ni el aire fresco. El celular estaba apagado, no
tenía batería. Corrió al toma corriente más cercano para conectarlo, al minuto
volvió a insultar al aire por no recordar la falta de luz.
Seguía sin saber la hora. A tientas manoteo en
un cajón una vela consumida. La cabeza le seguía doliendo. Prendió la vela y
fue hasta la heladera a buscar un limón – un trago de jugo puro y listo, te salva la vida- pensó. Esa receta
secreta lo había salvado varias veces en el pasado. Sin embargo no había limón,
ni remedios, ni nada. un poco de agua fría que usó para sacarse ese sabor
asqueroso que sentía en la boca y no le dejaba prender un cigarrillo. La ceniza
cayó al piso, de todas formas, estaba sucio. La solución que ideó para la
resaca era la de seguir borracho hasta encontrar un maldito limón. No había
whisky en ningún lado, salvo un poco en su petaquita de metal. Le dio un beso
al pico. Era nacional, y tenía un gusto de mierda, pero era lo que tenía por el
momento.
Ahora
que se ponía a pensar un poco, cayó en la cuenta que no sólo no sabía la hora,
tampoco sabía que día era. Si era lunes tenía que ir a trabajar. Si era martes
ya tendría que estar buscando un nuevo trabajo.
Sacó
el celular de su bolsillo y lo arrojó en la mesa. Aunque estuviera prendido
dudaba que alguien lo llamara o le mandara mensajes. Ya no recordaba que música
sonaba en el aparato cuando recibía una llamada. Estaba peleado con su familia,
por lo que no esperaba llamados de ellos. Esperaba algún llamado de sus amigos
pero suponía que los había perdido hace tiempo. Le agarró hambre, ya dos días
sin comer. Y no tenía algo que le quite el apetito mágicamente como ayer. Vio
el espejito sobre la mesa, ese tan lindo que le sacó a su hermana cuando se fue
de casa. No se reflejaba nada ya en él, tenía marcas de dedos, manchas, gotas
de sangre ya seca. Que no hubiera luz no le ayudaba a intentar encontrar “algo”
en el espejito. Le pasó la lengua por toda la superficie y no encontró nada más
que el gusto de la coagulación en la boca. Tal vez solo me duele la cabeza de
hambre – se dijo a sí mismo. Tomo otro trago de whisky y le dio otra pitada al
pucho.
La
oscuridad de pronto fue perforada por un rayo de sol y el sonido de la puerta
que se cerraba retumbó el lugar. La mujer que dormía anoche junto a él se había
ido. Se inclinó en su silla y pensó –la
puta madre no le pregunté el nombre-. Sopló el humo al techo y dijo en voz
alta –La puta madre le hubiese
preguntado qué hora era-.

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